Todavía estaba en el dormitorio, siempre del mismo modo, con la misma actitud, guardaba silencio, quizás porque ella estaba quieta, desnuda. Las pocas veces que mira su cuerpo, le clava los ojos encima como si quisiera deformarla. Enseguida, con aires de impaciencia, empieza con exigencias que le mantenga lista y muy caliente las tres comidas con un amplio recetario para salvar el enlace, como muchas veces le ha manifestado. En el proceso de su digestión le toca a ella tragarse sus olores, civilización y urbanidad.
Sus ofensas y críticas han empeorado, Isabel, quería descansar, ver su novela, jugar con sus hijos…, y hasta conversar.
El desempleo ha tocado a las puertas de Rubén. Sale todos los días con sus herramientas de trabajo inventándose desempeños que son solamente un papel dramático de sus fantasías.
Isabel, había odiado cada día el tiempo conviviente y esperaba odiarlo los años que les quedaran.
Un día Rubén, aburrido del paro forzoso, empacó sus dos maletas. Con voz ronca y molesta:
-¡Me voy!
Isabel estaba de espaldas y él le tocó sus hombros fuertemente. Ella no quiso volver la mirada, sentía ¡Qué día tan grande! ¡Por fin sola! Exhaló como si quisiera que el viento se llevara sus sombras. Repetía una y otra vez, quiero ser mía de mí. Nadie le entendería bien estas palabras sin sentido.
24 de diciembre. Suena el teléfono. Desde lejos él la llama.
Le dijo en tono irónico -te dejé un regalo en el armario-
Con desconfianza y miedo ella abrió el armario… Ahí estaban las dos maletas…
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