El tipo que acababa de sentarse en la mesa de al lado la chequeaba sin disimulo. A ella, una prisa de sangre le enrojeció las mejillas, apenas adivinó la intención del hombre de levantarse para acompañarla. Justo en ese momento, el niño regresó del baño, frotándose los ojos y acomodándosele en las piernas, con la cabeza entre el pecho y el dedo en la boca. De inmediato, el hombre desistió del acercamiento y para despistar, aprovechó haberse puesto de pie para ubicarse a un extremo de la barra. Decepcionada, la madre atendió los halagos de la mesera respecto al encanto del hijo. Con impostada cortesía, le propuso: se lo cambio por una taza de café. La mesera no supo si reír, se apresuró a dejar el azúcar sobre la mesa y marcharse. Un movimiento brusco del niño obligó a la madre a reprimir sus ganas de lanzarlo al suelo. El hombre que hace un rato le profesó abierta admiración, ahora sólo le ofrendaba la amplitud de su espalada, como una puerta cerrada a cualquier chance de idilio en aquella cafetería.
No era la primera vez que alguien se retractaba de sus coqueteos por causa de la criatura. Su vida consistía en estar las 24 horas pegada al fruto de sus entrañas y, al mismo tiempo, sentirse completamente sola. Esa noche, tratando de dormir con los brazos del niño amarrados alrededor de su cuello, recayó en la retahíla de lamentaciones que se reprochaba, primero por darles rienda suelta y segundo, por arrepentirse de ellas sólo en parte. Y qué tal si no hubiera llevado al chico a la cafetería, conocía de otras madres que dejan a sus hijos encerrados en casa, con un pie amarrado a la pata de la cama mientras ellas salen a atender sus asuntos. Tal vez ahora su número telefónico estaría en manos de aquel hombre y, al menos ahora, contaría con la ilusión de una llamada. Tal vez en ese instante, estaría en brazos de otro hombre distinto a este que a diario la mira con sus mismos ojos, y se alegra de estar a su lado con su misma sonrisa. Y qué tal si hace años sus plegarias hubieran sido atendidas y la prueba sólo hubiese mostrado una línea. Y qué tal no arrepentirse al último del acuerdo con aquel médico que le garantizaba un procedimiento de un par de minutos, para asegurar el resto de su vida.
Habría seguido con más suposiciones, de no ser porque un movimiento brusco del niño la sacara de sus pensamientos, como si dormido los adivinara. Lo observó largamente, embargada por una descarga de afecto en la que estuvo sumergida hasta que volvió a la realidad como por un pellizco. Y otra vez fue su soledad, y la resignada convicción de que pospondría los reclamos de su cuerpo, al menos hasta que el niño tuviera edad para entenderlo.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada