lunes 14 de febrero de 2011

Edgardo Herrera

CONFESIÓN

─ Oh señor, alíviame.

Pasaba las doradas cuentas entre sus gruesos dedos, manchados y pintados de esmalte.
En su cubículo oscuro, poblado de aromas, escuchaba las confesiones atento a cuál de ellas podría servirle.
El templo comenzó a desocuparse. Los cirios encendidos iluminaban el rostro de las imágenes. Un joven ocupaba solitario la última banca, aguardaba ansioso su turno en el confesionario.

─ Oh señor, perdóname.

Al escuchar la voz un tumulto hirviente corrió por sus venas, los latidos desbocaron y el sexo olvidó el letargo.
Acercó el rostro a la rejilla y advirtió que él lloraba.

─ Cinco avemarías y tres padrenuestros, le dijo, ¿podrías venir hoy en la tarde?
─ Pensé que nunca lo dirías.
─ ¿Qué te sucede, por qué no te he visto comulgar últimamente?
─ No lo sé, no me siento cómodo al hacerlo.

Un dedo manchado corrió la tela púrpura que cubría la rejilla y se encontró con dos estrellas encendidas
El eco de las voces bajaba y subía y llegaba hasta el sagrario. Un viento frío apagó las velas. El hombre, despojado de sus hábitos y provisto de una enorme sonrisa, comenzó a encenderlas una a una, rogando un beso y una caricia a cada llama.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

casi puedo verle los dedos al sacerdote, excelente.

LA GENERACIÓN FALLIDA

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