
TRANSEÚNTE
Absorto en esta melancolía de tiempo, de los mismos políticos de ahora y de siempre, entre el bus y las horas, decidiste, cualquier día, abofetearte frente al semáforo. Uno que otro transeúnte te miraba, pero con ojos idos y crisálidos, esos conocidos por miles, reconocidos como colombianos en algún tren de París, en algún burdel de Sao Paulo, te preguntó uno, qué era lo que te pasaba y tú, respondiendo con esa risa inocente le dices: Es que no me pasa nada; del trabajo a la casa, la misma mujer, las mismas horas, los mismos segundos, acaso usted no se aburre? El otro, sin escuchar siquiera, o bueno, escuchando solo cuando se hizo referencia a la mujer, imaginándola candorosa entre sus espacios de mente, se dice y le dice: no piense gϋevonadas, continúe en el país del divino niño, santígüese con eso todo pasa.
Y otra vez el bus, otra vez la cama, qué día es hoy, pregunta cándida, si ya sé que es domingo, túmbate boca arriba mientras te lleno de flujo seminal a ver si por fin quedas preñada y me dejas de joder la vida, gime, gime, gime estimula mi sexo ondulante aquel que casi ya ni funciona de tanto hastío. Prendes el televisor y como babaza se arrastran imágenes, lo único que logras observar son pechos erguidos, vaginas lúbricas, próximas a la copulación. Duermes y otra vez el bus… observas cómo entregan a los muertos del día, como si de comida se tratase, los entregan en una cajita pequeña de madera con una bonita capa de barniz, para que no estorben tanto, piensas; ocurre que en este lado del inmerso charco el balance de muertos se realiza día a día evitándose el dispendioso trabajo de llevar contabilidad fiable y de anunciar horrorizados el mal del mundo, de la política del malparido, cuál malparido, ése justo, ése que ambos pensamos, no te hagas el huevon, para maricas ya bastan los curas. Monologo interrumpido. Manuel qué haces, traes, por favor, huevo, leche, pan. Sí, no te preocupes, y alcanzas a ver un pedacito de muro mientras recorres la ciudad estéril que pare puros bípedos para que empiece nuevamente el ciclo bien conocidos por todos, ves el muro impasible al tiempo, pulcro, en frente de muertos y de alimento para los que comen. ¿Vivos? Estos no se les llaman vivos, por el simple hecho que se alimenten y cojan no están vivos, ¿a qué no? ¡Compruébenlo! Observas el murito, se te hace solo, imponente, como roca calcinante que observa y cuenta tácitamente el transcurrir de los muertos, decides entonces poner una rayita o más bien cuántas Cuántos fueron los muertos de hoy, preguntas a un transeúnte detenido. La cuenta ya va por 15 y eso que son las 6, hoy es un buen día y sonríe, entonces son 15 rayitas, decides maldecir al DANE que no hace su trabajo y te pones en la tarea que no se esparza la arena de olvido sobre ti, sobre los otros no, sobre ti. Te escapas del trabajo, tiras con apuro y miras alegre los ojos que acaso se detienen por instantes en el muro aquel que es lápida y recuerdo y consuelo y que no permite que te caiga la arena. Todos los días vuelves y anotas los que llevan 15, 14, 9. Hoy si fue un buen día solo 9 te dices feliz, mintiéndote descarado porque bien sabes que andarán los otros sirviendo de abono para que la perra haga su nido feliz y empiece de nuevo el derrame, la sobre población, la inmundicia, ¡qué acaben con los malditos perros que los entierran! Eso es imposible, si acaso se acuerdan de los muertos por el numero de rayitas impávidas que de a poco vas sembrando en la lapida del recuerdo. Sales del trabajo, comes y eres feliz de a ratos cuando tu cuenta mortecina te sirve de escudo para el tiempo, decides hoy adelantar los números. No vaya a hacer que el sábado dejes de contar, quizá haya otro, te dices, u otra. Divertido te acercas a tu muro-escudo y observas asombrado una pequeña niña de ojos que pocos conocen, sacando del bolsillo de su falda una tiza, hace una raya, luego diez, hay otro, celebras, decides entonces acercarte, conocer a esa otra que también se divierte huyéndole al olvido, a la memoria suramericana, a la maloliente necedad del tiempo, como un milagro voltea inocente su cara tiznada. Te mira a los ojos.